Ryan y yo nos miramos el uno al otro
sin entender nada. Mi hermanito también observaba con curiosidad, hasta el
pequeño Beagle no tenía absolutamente ni idea de lo que pasaba.
-¡No
me lo creo! ¡¿Cuantos años han pasado desde que nos vimos por última vez?!
-Exclamo mi madre.
-Muchísimos,
unos veinte casi diría yo. -dijo Richard.
-Tienes
razón. ¿Y has estado aquí todo este tiempo? -pregunto mi madre.
-Desde
que nos graduamos. -respondió el.
Ryan dejo salir un ruido sordo que
provenía del interior de su garganta.
-¡A
sí! Perrie, este es Ryan mi hijo. -añadió.
-Te
pareces mucho a tu padre cuando tenía tu edad. -dijo mi madre saludándolo.
Ryan sonrió y miro a su padre, el cual
me miro a mí y añadió:
-Nos
conocimos de pequeños, fuimos al mismo instituto, y nos graduamos juntos.
-Hola
yo soy Luke.- dijo mi hermano con una voz algo aguda mirando al padre de Ryan.
-Hola,
tú debes ser el hermano de Jessica ¿no? –le contesto sonriendo.
-Sí.
¿Y tú quién eres? –pregunto en un tono seco refiriéndose a Ryan mientras lo
observaba.
-¡Luke!
No hables así. –le riño mi madre.
-Ven
Luke. -le dije. -Trae a Fin.
-Perrie,
entra, ¿Qué os parece si hacemos unas hamburguesas a la barbacoa? –propuso
Richard.
-¡Esta
bien te ayudare! ¡Cómo en los viejos tiempos! –dijo mi madre entusiasmada.
-Nosotros
vamos fuera.-dijo Ryan.
-Está
bien. –contesto su padre dirigiéndose a la cocina junto a la mía.
Luke cogió como pudo a el perro y nos
siguió atravesando el salón, y saliendo al porche. Cuando salimos cogí a Fin, y
le solté la correa para que fuera con la perra de Ryan. Luke se puso a jugar
con los dos perros mientras Ryan y yo hablábamos en el porche. Un rato después
de que nuestros padres pusieran las hamburguesas en la barbacoa del patio,
comimos todos juntos dentro de la casa. Mi madre no paró de hablar de anécdotas
de cuando iba al instituto con el padre de Ryan. Se reían a carcajadas
juntos, parecían dos adolescentes. Ryan
y yo, nos mirábamos mientras nos reíamos de ellos. Pasó alrededor de una hora
hasta que mi madre nos propuso a Ryan y a mí que seguramente parecíamos muy
aburridos, que sacáramos a pasear a los perros.
-¿Podrás
caminar? -le pregunte a Ryan algo reocupada por su pierna.
-Hum…Bueno,
sí supongo. Mientras no fuerce la pierna. –dijo encogiéndose de hombros.
-Vale,
vamos. –respondí yo.
-Nos pusimos en pie, les pusimos las
correas a los perros y salimos por la puerta principal, hacia la calle.
-¿Te
apetece ir algún lado en concreto? –pregunto Ryan por curiosidad.
-Podríamos
ir al parque ese que hay por ahí cerca de mi casa. –le propuse.
-¿Te
refieres al que en otoño tiene los arboles naranjas? –preguntó él.
-Sí,
vamos está cerca de aquí. –dije sonriendo.
-Vale,
te sigo. –respondió Ryan.
Caminamos a poco a poco por el mismo
camino por el que había venido esta mañana hasta llegar a una de las entradas
del parque. Le pregunte a Ryan si estaba bien, porque me preocupaba verlo con
esa cosa en el pie. Pero él me dijo que me quedara tranquila que se encontraba
muy bien. Luego seguimos andando por el
sendero del parque hasta llegar a un banco del centro del parque para
descansar. Estábamos en una zona del
parque muy parecida a en la que estuve hace unos días con Fin. Soltamos a los perros, como algo de costumbre
y nosotros nos pusimos a hablar. Unos minutos más tarde de hablar tonterías, le
propuse una cosa;
-¿Ryan,
hay una cafetería en el centro del parque, que te parece si cogemos unos
refrescos? –le pregunte.
-Vale,
sí, tengo sed. –me contesto el mientras se ponía en pie.
-¡Mira
por donde! –Dijo una voz que procedía de alguien que estaba unos pocos metros
de nosotros.
Mire hacia donde venía la voz y
reconocí a la persona que lo había dicho. Era Dylan, el chico que estuvo con
Andy y Ryan en día de la playa. Llevaba una camiseta gris de manga corta con
unas letras bordadas en negro. Y unos pantalones tejanos por encima de la
rodilla, unas bambas urbanas, y en la mano una correa roja. Detrás de él, había
un perro grande y negro, que lo seguía mientras nos observaba.
-¡Dylan!
Hace mucho que no nos veíamos. –le dije mientras me ponía en pie y me acercaba
para saludarlo.
-Sí,
la verdad es que sí. –dijo sonriente. -¿Y qué tal va el cojo? –pregunto.
-Pues
mira, aquí, con los perros. –le contesto riendo.
Dylan,
miro nuestras correas, miro nuestro alrededor rápido con cara extraña y luego
añadió:
-¿Estáis
seguros de que habéis venido con los perros? -nos preguntó.
-Sí,
mira están justo…Oh oh…
No hay comentarios:
Publicar un comentario