La tranquilidad me invadía
agradablemente, cuando me moví un poco y desperté. Estaba en la camilla del hospital, era una
sala bastante pequeña, todos en general era de color blanco o gris, como en
todos los hospitales. En la sala había un pequeño sillón donde estaban mi madre
y Luke. A mi lado estaba la enfermera.
-¿Cómo
te encuentras? –me preguntó.
-Bien,
pero me duele.
-Mi
madre sonrió cuando la enfermera me quito la jeringuilla que tenía en el brazo
por el que seguramente me daban antibióticos o algo por el estilo.
-Mama.
¿Dónde están Ryan y Dylan? –pregunté.
-Ryan
ha llamado a su padre para llevar a los perros al veterinario, y Dylan los ha
acompañado.
-Está
bien. ¿Podemos ir a casa? Pregunte mirando a mi madre y a la enfermera.
-Enseguida,
ahora vendrá el doctor, te ara unas pruebas y luego os podréis ir. –me explico
ella con un tono de voz amable.
-Vale
-respondí tumbándome otra vez.
La enfermera se fue, y unos minutos
después apareció un hombre de unos treinta y cinco años, por la puerta. Me dijo
que pusiera de pie y que hiciera unos movimientos para asegurarse de que todo
estaba en su sitio. Nos dio la receta, para que me tome unas pastillas.
-Una
pastilla al día. ¿De acuerdo Jessica? –me dijo el hombre.
-Sí,
está bien. ¿A cualquier hora? –le pregunté.
-Sí,
te recomiendo que lo hagas cada día a la misma hora, para no olvidarte, o pon
una alarma en el móvil.
-Sí,
está bien. –le dije.
-Podrías
tomártela a la mañana, así si te olvidas la puedes tomar más tarde. –dijo mi
madre.
-Esa
también es una opción. –dijo el doctor finalmente.
No tardamos mucho en encontrar la
salida, y nos fuimos caminando a casa. Al legar eran las ocho de las tarde, me
tumbé en el sofá y me tape con una mata para ver la tele. Media hora luego sonó
el timbre de la entrada, y mi madre me dijo que sería el padre de Ryan.
Entonces me levante, me asome a la
puerta. Eran Ryan, su padre y Dylan, Richard llevaba un maletín donde se suele
meter a los animales para llevarlos al veterinario, y en un momento me asuste.
Mi madre les dijo que pasaran y volvimos al salón. Yo me senté con los chicos
en el sofá mientras nuestros padres abrían el maletín. Fin salió cojeando de
él, tenía una venda en la pata posterior, pero no parecía estar grave.
-Tranquila
no tiene nada roto, en unos días se curara, solo necesita reposar. –me dijo el
padre de Ryan.
-Menos
mal, si le llega a pasar algo… -dije yo
-Ya
está, ya ha pasado, dejemos el tema. ¿Tú que tal estas? –pregunto Ryan
-Bien,
algo dolorida pero bien. –le conteste.
-Todavía
no sé porque narices no le partí la cara a aquel… -dijo Dylan pero Ryan lo
interrumpió.
-Por
qué no te rebajarías a su nivel. –le recordó Ryan.
-Sí,
supongo que sí. –dijo Dylan con aire apagado.
-Tranquilo
Dylan, pero gracias de todos modos. –le dije.
-Está
bien, chicos, quedaros a cenar, es lo mínimo que puedo hacer. –dijo mi madre.
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