Hoy, un día como cualquier otro, me despierto gracias a mi despertador
a las siete y media de la mañana. Al girarme vi vibrar mi teléfono móvil que
estaba apoyado en la mesita de noche. No me sorprendí al ver que los mensajes
eran de Betty, una de mis dos mejores amigas. Me pedía consejo como cada día.
- ¡¡Hola Jessica!! ¿¿Ya estas despierta??
- Mira, tengo una camiseta roja con letras de color blanco, y otra de color verde con el dibujo de un gatito. ¿Cuál crees que me quedaría mejor con mi pelo? Please…. ¡¡Dame tu opinión!!
Supongo que tendré que contestar a Betty antes de que me deje todo
el móvil lleno de mensajes. Hace un par de semanas se me olvido contestarle, y
tenía como unos 28 mensajes de ella pidiendo mi opinión. Así que me daré prisa,
y le contestaré el mensaje.
- Betty, creo que para hoy te irá mejor la camiseta verde, ya que ayer ya te pusiste una roja que llevaba flores de colores.
Mientras me estaba lavando los dientes, oí mi móvil. Me avisaba de
un nuevo mensaje. Me acabé de limpiar la boca con una toalla que tenía delante,
y fui a mirar el móvil. Sorprendentemente no era de Betty, era Katia, mi otra
mejor amiga.
Qué raro, ella siempre me llama cuando va a pasar por delante de mi
casa para ir al instituto, pero... Si todavía no es la hora…¡¡¡¡Oh no!!!! ¡Me
he atrasado un montón, ya son las ocho!
Cogí mi mochila y subí al comedor a desayunar lo más rápido posible.
Mi hermanito pequeño estaba empapado de leche y tenía el pelo lleno de
cereales. Como solo me quedaban un par de minutos antes de que Katia se pasara
por delante de mi casa, cogí un zumo de melocotón para el camino y me metí un
puñado de cereales en la boca. Intenté limpiar a mi hermanito Luke, pero mis
esfuerzos fueron inútiles, ya que a los dos minutos ya había vuelto a tirar
toda la leche por la mesa.
En esos momentos Katia toco el timbre de mi casa, así que aparte la
leche de Luke y grite a mi madre para que supiera qué había vuelto a derramar
toda la leche. Me despedí de él y salí despedida hacia la entrada.
Al salir por la puerta principal, vi a Katia con su pelo negro todo
recogido, y unas gafas de sol bastante grandes que no dejaban ver sus ojos de
color azul llamativo. Ella me vio abriendo el zumo de melocotón, su favorito, y
se empezó a reír de mí.
-Adivino,
no te ha dado tiempo a comer –dijo Kat con una sonrisa en su cara.
-Ya
ves chica, esto es un desastre…Venga que ya son las…las... ¡No puede ser! ¡¿Mi
móvil va mal?! ¡¡Ya son las ocho y diez!! Nos quedan cinco minutos para entrar
a clase… ¡Más vale que corramos! –dije toda alterada.
Recorrimos unas siete calles hasta
llegar a nuestro instituto. Cuando entramos, subimos las escaleras saltándolas
de tres en tres para ir más rápido.
Corrimos unos metros por el pasillo y llegamos a la puerta de nuestra
clase, donde había un cartel que ponía:
“Clase de la señora Clemente”
A Kat y a mí se nos paró el corazón al darnos cuenta de que tocaba
Física, y eso significa que nos tocaba clase con una señora mayor que siempre
estaba de mal humor. Miré por el cristal que hay al lado de la puerta, y por
suerte, la profesora todavía no estaba en su mesa.
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