Estuvimos hablando un rato hasta que
surgió algo interesante.
-Adam
-¿Qué
pasa? –pregunto mientras jugueteaba con un mechón de mi pelo.
-¿Cómo
supiste que todo esto estaba aquí? –pregunte mirando hacia arriba
-Es
una larga historia. -dijo él.
-Tenemos
mucho tiempo. –le respondí.
-¿Recuerdas
la fábrica de antes? –me preguntó.
-Sí.
¿Pero qué tiene que ver?
-A
eso voy. Cuando tenía unos…seis años a lo mejor, estaba muy unido a mi hermano
mayor, Alec. Él para entonces tendría unos diez u once años.
-¿Y
dónde está ahora? –pregunte con miedo a que la respuesta sea algo malo.
-Se
ha ido a vivir a las afueras con Kate, su novia, el año que viene se va a
casar. –me dijo pensativo.
-Ah,
eso está bien. ¿Han tenido hijos? –pregunté.
-No,
por ahora no. –me dijo riendo por lo bajo.
Como no le pregunte nada más siguió
con la historia.
-Como
te decía, estábamos muy unidos, lo hacíamos todo juntos, nos lo pasábamos en
grande con cualquier cosa que tuviéramos para hacer. Bueno, pues mi abuelo
tenía conocidos que trabajaban ahí, o amigos no lo sé. Y algunos fines de semanas
veníamos con él. Él entraba dentro o ayudaba a hacer cosas, en realidad no sé
muy bien para que venía. A nosotros nos decían que jugáramos fuera.
Construíamos cabañas con tablas de madera, o con lo que hubiera de material por
ahí. Unos años después la fábrica cerró. Pero mi abuelo nos seguía trayendo
para que jugáramos. Corto la reja para que pudiéramos entrar. Él nos ayudaba a
construir cosas cuando necesitábamos ayuda o se ponía a leer el periódico para
entretenerse un rato. Un día mi hermano y yo encontramos unos alicates por ahí
tirandos. Nos pusimos a cortar todo lo
que veíamos. Hasta que decidimos cortar la reja de la parte de atrás de la
fábrica. –hizo una pausa y me miró. -¿De
qué te ríes? –me preguntó curioso.
-Nada,
sigue. –dije intentando no reírme la de historia.
-Bueno,
como iba diciendo… Empezamos a hacer agujeros en la reja y poco a poco la
acabamos sacando toda. Con el tiempo con cansamos de construir cosas en el
terreno de la fábrica, y decidimos meternos en el bosque. Jugábamos luchando
con palos, nos subíamos a los árboles o hacíamos cualquier cosa con tal de
pasarlo bien. Nunca nos llegábamos a alejar mucho de allí, siempre estábamos
donde nuestro abuelo nos pudiera ver.
Con los años dejamos de venir. Aunque de vez en cuando veníamos, pero ya
no nos divertíamos tanto. Hace dos años decidí pasarme por aquí, simple
curiosidad supongo. Más que curiosidad
supongo que era para desconectar, ir a algún sitio alejado, donde poder
relajarme, no sé. Me metí en el bosque y empecé
dar vueltas. Un día cambie mi ruta habitual y llegué hasta aquí. A
partir de ese día empecé a venir más seguido.
-¿Y
no se lo has dicho a nadie? –pregunté.
-No.
Lo prefería así. Un sitio tranquilo donde no encontrara a nadie. –respondió con
la vista fija en la copa del árbol.
-¿Y
porque yo? –pregunté mientras ponía de lado para poder mirarlo.
-¿Porque
tú qué? –me pregunto.
-¿Porque
yo, y no otra persona? –le dije. Creo que sabía de a lo que me refería pero no
quería hablar del tema.
Se
lo pensó, abrió la boca para hablar pero no dijo nada. Sus ojos evitaban los
míos. Finalmente me respondió.
-Eres
diferente. –me dijo.
-No
te entiendo. –le respondí.
En ese momento se incorporó un poco
para sentarse. Se inclinó hacia mi lado para poder mirarme. Sus ojos verdes se
mostraban algo tímidos a mirarme. Tenía una mirada hacía mí que no lograba
identificar. Apretaba la mandíbula y los labios dejándolos en una fina línea
recta.
-Déjame
intentar una cosa. Quédate muy quieta. –me pidió.
Se acercó poco a poco hacia mí. Me
cogió suavemente por debajo de la
barbilla mientras me miraba y me besó. No fue un beso muy largo, pero me aparte
de él un segundo mientras pensaba. Ahora lo entiendo todo. Ha estado enamorado
de mí. El guiño de la cafetería, la molestia debido a que Charlie me dejara su
chaqueta, y aquella sonrisa de cuando le di un beso en la mejilla hace unos
días. En ese momento también me di cuenta de otra cosa; yo también lo estaba de
él. Había algo en esa sonrisa suya que me ponía nerviosa. Cuando estaba con él era como si no me
importase nada más. Me sentía bien, me sentía llena. Y me molestaba darme
cuenta ahora, había necesitado que él me besara para darme cuenta. No me pude
dar cuenta por mí misma, me sentía estúpida.
-Lo
siento, no debería haber hecho eso. –se disculpó agachando la cabeza.
-No,
no te disculpes. –dije
En ese momento fui yo quien lo besó
a él. A él no pareció molestarle y se
inclinó sobre mí haciéndome retroceder hasta él suelo. Ese besó fue casi que
tres veces más largo que el primero. Él se apartó unos centímetros mirándome a
los ojos.
-Jessica
Miller, te amo. –dijo antes de volver a besarme.
No hay comentarios:
Publicar un comentario