-¿Te
apetece dar una vuelta? –me susurró Adam a la oreja.
-Sí,
vamos. –respondí.
Me incorpore, pero Adam me ganó y me
ofreció la mano para ayudarme a ponerme de pie. No la rechacé, y después
atravesé la pared de hojas para ir a buscar mis bambas. Ahí afuera era todo
hermoso, esta vez, estaba doto en tonos negros y plateados debido a la luz de
la luna. El agua de la cascada caía con aquel ruido tan relajante. Todo parecía
más tranquilo, los pájaros se habían ido, y no se escuchaba nada aparte del
silencio de la noche. Mientras tenía la
vista fija en las pequeñas ondulaciones del agua me acerque a donde había
dejado mis bambas y me las puse.
-Sígueme.
–Me susurro antes de caminar hacia el interior del bosque en dirección
contraria al gran árbol.
No dije nada y me limite a hacer lo que
decía con curiosidad y lo seguí. Todo nuestro alrededor parecía sacado de un
cuento de hadas. Cuando lo alcancé, puso una mano en mi estómago para frenarme
de golpe. Lo mire sorprendida, pero él tenía la mirada fija en algún sitio de
uno de los árboles que nos rodeaban. Al no poder ver lo que él miraba le
pregunte:
-¿Qué
hay?
-Mira,
ahí. –me respondió señalando a la parte alta del tronco de una árbol.
Agucé la vista pero no podía ver nada.
Estaba oscuro, solo veía la gruesa corteza del árbol. Gire la cabeza de una
lado hacia otro intentando ver mejor, pero no lo conseguí.
-¿Qué
pasa? No veo nada. –dije intrigada.
-Mira, ahí, ese bicho. –me dijo señalando un
punto del árbol.
Me acerque un poco más a poco a poco al
árbol, para poder mirar de cerca. Ahora
sí que lo veía, era una especie de luciérnaga que emitía una luz dorada. Me
acerque poco a poco al árbol y puse uno de mis dedos a su lado intentando
cogerla. Me quede quieta y la luciérnaga empezó a caminar y poco a poco se
subió a mi dedo. Retire la mano del árbol y empezó a caminar por mi mano. Me acerque a Adam y puse mi mano
entre nosotros dos para que pudiera verla. Aquel bicho se paseaba por mi mano
tranquilamente, hasta que en un momento me empezó a subir por el brazo. Se
quedó quieto en mi codo un momento, abrió las alas y salió volando de repente.
Los dos miramos en dirección por donde el bicho se había ido volando tan
rápido. Antes de que Adam dijera nada
seguí a aquel bicho. Camine unos cuantos metros a paso ligero observando a
aquella pequeña luz dorada. Se posó en una planta, justo alado de otro bicho
exactamente igual. Y los dos salieron volando otra vez hacia alguna parte del
bosque. Le eche una mirada a Adam que estaba detrás mío y continué persiguiendo
a aquel par de insectos dorados.
-¿Pero
dónde vas? –me preguntó cuando empecé a correr detrás de ellos.
-A
seguirlos.- respondí buscando a los bichos.
Me pare en secó cuando no los vi más,
pero en un momento vi unos cuantos en lo alto de una rama. Uno de ellos salió
volando y los demás lo siguieron.
Continué persiguiéndolos cuando me di cuenta de una cosa. Cada vez había
más, todos los árboles que nos rodean tenían dos o tres de los cuales alguno
salía volando y guiaba a los demás.
-Cada
vez hay más. –le dije a Adam que parecía igual de interesado que yo al ver más
de aquellos bichos.
-Sí,
ven vamos a seguirlos. –Me dijo mientras los seguía con la mirada.
Empezamos a seguirlos cada vez con más
interés. Estuvimos un rato persiguiéndolos y empezamos a escuchar que los
bichos dorados creaban una especie de musiquita al volar juntos.
-¿Dónde
narices irán? –pregunto Adam.
-Ni
idea, vamos.-le respondí sin parar para no perderlos de vista.
Continuamos un rato más caminando
mientras observábamos a aquellos bichos. En un momento volaron hacia arriba y
los perdimos de vista. Continuamos dando vueltas por la zona, pero no los
encontramos. Me senté en el suelo para descansar y unos minutos después Adam
también los dio por perdidos y se sentó a mi lado. Apoye mi cabeza en sus
piernas y me tumbe para estirar la espalda que tenía encorvada. Suspire
malhumorada por haber perdido a los malditos insectos.
-¿Dónde
se habrán metido? –preguntó mientras me acariciaba el pelo.
-Ojala
lo supiera.-le respondí.
Me incorpore con ayuda de los brazos
para darle un beso. Pero antes de que nuestras bocas se juntaran gire la cabeza
rápidamente al ver una luz dorada.
-¡Corre!
¡Mira! ¡Vamos! –dije antes de darle tiempo para reaccionar.
-¿Eh?
-peguntó él confundido todavía en el suelo.
-Ven, corre he visto uno dije mientras me
alejaba persiguiendo a la pequeña luciérnaga.
Caminamos unas cuantos metros y el
bicho se metió entre unos arbustos enormes que eran casi más altos que yo. Me
puse a buscarlo pero no lo encontré. Rodeamos como pudimos los arbustos, y nos
pusimos a caminar entre la maleza. En un momento escuchamos otra vez aquella
melodía ero unas cien veces más fuerte. Perseguimos el ruido, que nos llevó
hasta una pequeña explanada que donde había un gran tronco cortado a la mitad
hueco. Los habíamos encontrado, habría centenares de aquellas pequeñitas luces
doradas, que lo iluminaban todo. Estaban volando a nuestro alrededor, eran
muchísimas y todas juntas emitían un ruido muy curioso.
-¿Las
habías visto alguna vez? –le pregunté mientras le cogía la mano.
-Nunca
a tanta cantidad de ellas juntas. –dijo mientras mirábamos nuestro alrededor.
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